Para el amante de las ciudades
- Maffer Orozco
- 11 jun
- 3 min de lectura
¿Qué hacemos para tener un mundo mejor? Lo haré siempre de la mejor forma que lo puedo hacer.
Hoy, escribo esto en memoria del Dr. Francisco Vélez Pliego, un hombre que sin duda, en su tayectoría nos enseñó a muchos, un método, una forma y una gran pasión, para contribuir a un entorno, mucho mejor para todos. Lo hago, porque lo primero que intento sentir cuando una persona se va, es una IMPORTANTE necesidad de honrar a esa persona, el Dr. Paco, no sólo es mi director de tesis, porque su nombre estará hasta el final de todo lo aprendido, ha sido mi mentor por los muchos años que he tenido el honor de aprender de el e inspirarme de muchas de las cosas en las que he trabajado.
Hoy, como el me considero una amante de las ciudades, una acádemica que busca dar los resultados necesarios para poder contribuir a lo que todos merecemos, y por eso, hagamos lo que más nos gusta hacer, escribir un poco sobre esto, dedicado a él:

¿Por qué ser un amante de las ciudades? La pregunta parece sencilla, pero encierra una profunda forma de mirar el mundo. Ser un amante de las ciudades no significa únicamente admirar sus edificios, recorrer sus calles o estudiar sus procesos de crecimiento. Significa reconocer que la ciudad es, ante todo, una construcción humana colectiva; el escenario donde se entrelazan memorias, conflictos, afectos, luchas y esperanzas.
Amar la ciudad también significa negarse a aceptarla como una realidad inmutable. A lo largo de la historia, las ciudades han sido transformadas por personas que decidieron cuestionar lo establecido, defender un barrio, proteger un edificio histórico, abrir un espacio para la participación o imaginar una forma distinta de habitar el territorio. Son individuos que comprenden que la ciudad no es únicamente el resultado de decisiones gubernamentales o procesos económicos, sino también de la voluntad colectiva de quienes se involucran en ella. Aquellos que deciden cambiar las cosas suelen comenzar con algo aparentemente simple: una pregunta incómoda, una inconformidad frente a la injusticia o la convicción de que el futuro urbano puede ser mejor. Gracias a ellos, las ciudades se convierten en espacios vivos, capaces de renovarse sin perder su memoria y de construir nuevos horizontes sin renunciar a su identidad.
Francisco Vélez Pliego perteneció a esa generación de personas que entendieron que el conocimiento debía trascender las aulas y convertirse en una herramienta para la transformación social. Su trabajo nos recuerda que estudiar la ciudad implica también asumir una responsabilidad con ella; no basta con comprender sus problemas, es necesario participar en la construcción de soluciones, defender aquello que tiene valor colectivo y actuar cuando el patrimonio, la memoria o el interés público se encuentran en riesgo.
Quizá una de las lecciones más valiosas que nos dejó Francisco Vélez Pliego no se encuentra únicamente en sus publicaciones, investigaciones o contribuciones académicas, sino en la manera en que entendió la docencia como un compromiso de vida. Durante décadas formó generaciones de estudiantes, compartió conocimientos, impulsó proyectos y acompañó procesos académicos con una generosidad que difícilmente puede medirse.
Desde 1975 hizo de la enseñanza una vocación permanente, y aun en los momentos más difíciles nunca dejó de estar presente. Hasta el final continuó asistiendo a clases, participando en discusiones, orientando investigaciones y brindando su apoyo a quienes buscábamos comprender mejor nuestras ciudades y territorios. Esa constancia nos recuerda que la verdadera grandeza de un maestro no radica únicamente en lo que sabe, sino en su capacidad para compartirlo, multiplicarlo y sembrarlo en otros.
Hoy, quienes tuvimos el privilegio de aprender de él somos también parte de su legado. En nuestras investigaciones, en nuestras aulas, en nuestras preguntas y en nuestro compromiso con la ciudad permanecen muchas de sus enseñanzas. Porque hay personas que dedican su vida a estudiar el mundo y hay otras que, además, transforman la vida de quienes las rodean. Francisco Vélez Pliego hizo ambas cosas, y por ello su ausencia deja un vacío profundo, pero también una responsabilidad: continuar caminando los senderos del conocimiento, la crítica y el compromiso social que él ayudó a abrir para todos nosotros.
El Dr. Paco, no fue sólo todo esto, no deja sólo este legado, el ser humano, maestro, mentor y todo lo que seguirá siendo en todos los que tuvimos el honor de conocerlo y convivir con el, jamás se borrará de la historia!!
Hay que titularnos, continuar, honrarlo, siempre, siempre, honrar a los que ya no están con lo que trabajamos cada día, a partir de lo que nos enseñaron, Gracias Doc, por tanto, y a terminar esa titulación de doctorado, porque ya no tengo una persona en el cielo a quien se lo prometí, ya son tres.
Mtra. María Orozco- la casi Dra en Estudios Socioterritoriales, que tuvo el honor de terminar esa tesis con usted.





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